La visita actual a un concesionario de automóviles se percibe como un ritual habitual: un gerente amable, café ofrecido, un crédito a siete años, un "trade-in" ventajoso. Surge fácilmente la sensación de que este modelo ha existido siempre. Sin embargo, basta con recurrir al pasado soviético para comprender: la realidad era diferente.
¿Cómo se adquirían automóviles en la URSS? ¿Existían concesionarios en el sentido moderno? ¿Se podía solicitar un crédito para automóviles o entregar un coche viejo a cambio de uno nuevo? Las respuestas a menudo resultan inesperadas incluso para aquellos que vivieron en esa época.
En primer lugar, el concepto mismo de concesionario de automóviles estaba ausente en las condiciones de una economía planificada. No había centros privados en el país que compitieran por el comprador, ofrecieran promociones y variaran los precios. La venta de automóviles la realizaba el Estado a través de estructuras especializadas del sistema "Avtotorg" y "Vneshposyltorg". Formalmente, eran organizaciones comerciales, pero en esencia, puntos de distribución.
Los automóviles llegaban allí según un plan aprobado, en cantidades limitadas y a un precio fijo, que podía permanecer invariable durante años. No se contemplaba la elección de equipamientos, el pedido de un color individual o una prueba de conducción. El comprador no iba a elegir, sino a recibir lo que se le asignaba.
Las fábricas de automóviles, incluyendo AvtoVAZ, no interactuaban directamente con los ciudadanos. La empresa producía coches, después de lo cual se distribuían por regiones, departamentos y listas de espera. En este sentido, el "concesionario" soviético no vendía el automóvil, sino que ejecutaba el plan estatal, transfiriendo el vehículo a la persona con los documentos y el permiso necesarios.
Una cuestión aparte es el dinero. El crédito para automóviles en la forma habitual no existía en la URSS. La ideología no fomentaba vivir endeudado, especialmente al comprar bienes de uso prolongado. Se suponía que primero era necesario ganar y ahorrar. Existían créditos, pero principalmente para viviendas cooperativas o electrodomésticos, y se concedían en condiciones estrictas. Para un ciudadano común, la compra de un automóvil a crédito era prácticamente inaccesible.
Teóricamente, se podía obtener un préstamo específico a través del Gosbank de la URSS o la caja de ayuda mutua departamental. Sin embargo, estos casos eran aislados y se referían más a menudo a personas con méritos especiales, estatus o empleo en estructuras cerradas.
El esquema típico era diferente. Primero, años de ahorros. Luego, la inscripción en una lista de espera, que podía extenderse durante cinco, siete o incluso diez años. Solo cuando se acercaba el plazo, se pagaba el costo total del automóvil. Los fondos a menudo permanecían en la libreta de ahorros durante décadas, perdiendo gradualmente su poder adquisitivo, pero prácticamente no había alternativa. Tener dinero por sí solo no daba derecho a una compra inmediata: sin la lista de espera, era casi inútil.
Existía también un canal especial de adquisición: por divisas o cheques especiales. A través de las tiendas "Beryozka", los automóviles podían ser comprados por diplomáticos, marineros de larga distancia y otros ciudadanos que tuvieran ingresos legales en divisas. Formalmente, esto parecía una forma de evitar la lista de espera, pero en realidad era un sistema cerrado para un círculo limitado de personas. Para la mayoría de los ciudadanos soviéticos, este camino seguía siendo inalcanzable.
En cuanto al "trade-in", la idea de entregar un coche viejo y obtener uno nuevo de inmediato prácticamente no se aplicaba en la URSS. El Estado no buscaba estimular la renovación frecuente del parque automotor privado.
Los automóviles usados se vendían directamente entre ciudadanos, a través de conocidos o por anuncios. No existía un mecanismo oficial para acreditar el valor de un coche viejo al comprar uno nuevo. El escenario máximo posible era el siguiente: el propietario vendía su coche, depositaba los fondos en la libreta de ahorros y se ponía en la lista de espera, a menudo al final de la misma. El hecho mismo de poseer un automóvil no daba ventajas en la siguiente compra.
Es más, tener un coche a veces complicaba la situación. Se consideraba indeseable poseer dos automóviles al mismo tiempo, por lo que antes de adquirir uno nuevo, el viejo debía venderse y darse de baja. Los conceptos de "lealtad del cliente", historial de servicio o bonificaciones por fidelidad a la marca no existían. El automovilista era considerado no como un cliente, sino como un receptor de un bien escaso.
A pesar de todo esto, el automóvil en la URSS tenía un significado simbólico especial. No era solo un transporte, sino un indicador de estatus, paciencia y esfuerzos personales. Los propietarios cuidaban sus "Zhiguli" y "Moskvich", entendiendo que la siguiente compra estaría asociada con una larga espera y nuevas dificultades. En condiciones en las que cambiar de coche cada tres o cuatro años era imposible, se conservaba y se mantenía con el mayor cuidado.
Si se compara con la actualidad, la diferencia se hace evidente. En la Unión Soviética no existía la competencia entre concesionarios, sino un sistema de distribución. No había créditos masivos para automóviles, sino ahorros y espera. No existía el "trade-in", sino la reventa y una nueva lista de espera. Este modelo se percibía como natural, ya que simplemente no había alternativa.
Hoy se pueden discutir los intereses de los créditos, los servicios adicionales o la transparencia de la valoración en el "trade-in". Sin embargo, no se puede negar que el mercado moderno ha proporcionado al automovilista elección y ahorro de tiempo. En la URSS, el automóvil requería no solo dinero, sino también resistencia. Había que ahorrar, esperar y obtenerlo. Y es precisamente por eso que los recuerdos del primer coche para la gente de aquella generación a menudo siguen siendo más emotivos que cualquier oferta moderna con "cero pago inicial".