En comparación con gigantes automotrices como Toyota, Nissan, Honda y Mitsubishi, Mazda siempre ha seguido su propio camino. No temía arriesgarse, rechazaba los patrones y sorprendió al mundo más de una vez con soluciones que parecían descabelladas, pero resultaron geniales. Nacida en las ruinas de Hiroshima, Mazda pasó de ser un fabricante de productos de corcho a un símbolo de la audacia de la ingeniería japonesa, y en gran parte esto se debió a una idea: el motor rotatorio.
En las cenizas: cómo Mazda resurgió de las ruinas
Antes de la Segunda Guerra Mundial, Hiroshima era un próspero centro industrial del sur de Honshu. La empresa Toyo Kogyo, fundada por Dzyudziro Matsuda, fabricaba entonces productos de corcho y difícilmente podía competir con las grandes empresas de ingeniería mecánica. Pero Matsuda tenía un sueño: crear su propio automóvil.
Los planes fueron destruidos por la guerra. Tras el bombardeo atómico del 6 de agosto de 1945, la ciudad se convirtió en cenizas. Murieron decenas de miles de habitantes y la economía quedó destruida. Pero Dzyudziro y su hijo Tenudzi sobrevivieron y pronto empezaron a reconstruir el negocio. A finales de la década de 1940, Toyo Kogyo volvió a ponerse en pie, fabricando camiones de tres ruedas.
Cuando en 1951 la dirección de la empresa pasó a manos de Tenudzi Matsuda, éste continuó el trabajo de su padre, pero mirando mucho más allá. Necesitó toda una década para reunir los recursos y el potencial de ingeniería para su propio modelo de turismo. En 1961 apareció el primer automóvil Mazda: el diminuto R360, representante de la clase japonesa de kei-cars: microcoches con impuestos y consumo de combustible mínimos.
El R360 era sencillo, ligero y asequible, pero esto no fue suficiente. Mazda necesitaba algo que la diferenciara de las decenas de empresas similares. Algo que le diera la oportunidad de sobrevivir en un mundo donde reinan los conglomerados.
Un milagro nacido del riesgo
Tenudzi Matsuda creía que la única forma de salvar el negocio era la innovación técnica. Al oír hablar del ingeniero alemán Félix Wankel, que había inventado un tipo revolucionario de motor sin pistones, se entusiasmó con la idea. El motor rotatorio prometía ser más compacto, ligero y potente que el tradicional, y con un mínimo de vibraciones.
En 1960, Matsuda viajó personalmente a Alemania, visitó la fábrica de NSU, donde trabajaba Wankel, y se convenció de que era exactamente lo que Mazda necesitaba. A pesar del escepticismo de los accionistas, pagó la fabulosa suma de 280 millones de yenes (unos 3 millones de dólares) por la licencia.
Ahora había que hacer lo principal: conseguir que este motor funcionara de forma estable. Para ello, Matsuda reunió a los 47 mejores ingenieros de la empresa. Sus colegas los apodaron "47 ronin", en honor a los legendarios samuráis que se sacrificaron por el deber y el honor.
El trabajo resultó ser tortuoso: los motores rotatorios se rompían uno tras otro, sin soportar ni siquiera 200 horas de funcionamiento. La financiación se agotaba y el resultado estaba lejos de ser de serie. Pero los ronin no se rindieron, eliminando paso a paso las enfermedades infantiles de la construcción. Y al final hicieron lo imposible: el rotor de Wankel cobró vida bajo el capó de Mazda.
La era espacial de Mazda
La década de 1960 fue la época de la carrera espacial. El mundo miraba al cielo, y Mazda también decidió tocar las estrellas. En 1967 nació el cupé deportivo Mazda Cosmo Sport, el primer automóvil de serie con motor rotatorio. Incluso el nombre aludía a la época: Cosmo.
Bajo el capó se escondía un motor de sólo 982 cm³, pero que desarrollaba 110 CV, una cifra impresionante para un motor tan pequeño. Más tarde, la potencia se elevó a 130 CV, y el ligero cupé se convirtió en un auténtico coche deportivo. El Cosmo Sport tenía un aspecto futurista, iba rápido, sonaba inusual y se convirtió en la tarjeta de visita de la empresa.
Aunque sólo se fabricaron 1200 unidades, el Cosmo Sport demostró que el motor rotatorio no es sólo una rareza de la ingeniería, sino una alternativa real a los motores de pistón. Le siguieron el Mazda Familia Rotary Coupe y otros modelos de masas, más caros que los normales, pero más baratos que el cupé exclusivo. A principios de la década de 1970, Mazda empezó a exportar automóviles rotatorios a Estados Unidos.
Ascenso y caída del sueño rotatorio
Estados Unidos recibió los rotores japoneses con interés. En la era de la lucha por el aire limpio, estaban de moda: por el nivel de emisiones de CO₂, estos motores parecían mucho más ecológicos que los tradicionales. Mazda los instaló en todo, desde sedanes y cupés hasta la camioneta rotatoria REPU e incluso el autobús Parkway Rotary. Parecía que esta tecnología era el futuro.
Pero en 1973 estalló la crisis del petróleo. Los precios del combustible se dispararon, los estadounidenses empezaron a contar cada galón, y los apetitosos pero voraces rotores quedaron fuera de lugar. La segunda crisis de 1979 enterró definitivamente la idea de un parque automovilístico rotatorio masivo.
A principios de la década de 1980, en la gama Mazda sólo quedaba un modelo con motor rotatorio, pero legendario.
RX-7: la reina rotatoria
El Mazda RX-7, que apareció en 1978, se convirtió en un símbolo de la época. El cupé compacto con una distribución de peso ideal, tracción trasera y un carácter único conquistó al instante los corazones de los aficionados a la velocidad.
Tres generaciones del RX-7 suman más de 800.000 coches vendidos, decenas de victorias en carreras y un estatus de culto. El RX-7 apareció en el anime Initial D, donde los hermanos Takahashi corren con él, en el primer "Fast & Furious", al volante de Dominic Toretto, y en "Tokyo Drift", con Han.
El RX-7 fue sustituido por el RX-8, más práctico e incluso vendido oficialmente en Rusia. Su estrella se alzó en la película "Night Watch": la escena en la que un Mazda rojo se eleva por la fachada del hotel "Cosmos" aún permanece en la memoria.
Pero el milagro rotatorio también tenía sus puntos débiles: alto consumo de combustible y aceite, mantenimiento complicado y baja fiabilidad. En 2012 finalizó la producción del RX-8. Parecía que la era rotatoria de Mazda había llegado a su fin.
Un legado que se convirtió en leyenda
Mazda podría haber sido otra víctima de las crisis del petróleo, pero el rotor la hizo especial. Esta tecnología dio a la marca no sólo carisma, sino también la gloria de un ganador. En 1991, el Mazda 787B se convirtió en el primer (y durante mucho tiempo único) coche japonés en ganar las legendarias "24 Horas de Le Mans".
El 787B de color naranja brillante, con el chillido de su motor de cuatro rotores, superó a Mercedes, Jaguar y Toyota, inscribiendo el nombre de Mazda en la historia del automovilismo mundial. Uno de los pilotos, Johnny Herbert, estaba tan exhausto después de la carrera que no pudo subir al podio, pero Mazda estaba en la cima.
Han pasado muchos años desde entonces, pero el espíritu de los Mazda rotativos sigue vivo. Desde el Cosmo hasta el RX-7, desde Hiroshima hasta Le Mans, esta es la historia no solo de automóviles, sino una historia de audacia, fidelidad a una idea y fe en lo imposible.