Перейти к содержанию

El coche más inusual de principios del siglo XX

Un inventor estadounidense intentó hacer los viajes más cómodos con un coche de ocho ruedas, pero el mercado no estaba preparado

A principios del siglo XX, los viajes largos en coche rara vez podían considerarse cómodos. La red de carreteras seguía estando poco desarrollada y las suspensiones imperfectas no se adaptaban bien a las irregularidades de la superficie. Cada viaje iba acompañado de un constante traqueteo, por lo que ingenieros e inventores buscaban formas de hacer el movimiento más suave. Una de las soluciones más inusuales fue el proyecto del estadounidense Milton Reeves, quien decidió construir un coche con ocho ruedas.

Al crear su máquina, Reeves se inspiró en el transporte ferroviario. Los vagones utilizaban bastidores reforzados y un gran número de ruedas, lo que permitía distribuir uniformemente la carga y mejorar la suavidad del movimiento. El inventor se hizo una pregunta bastante lógica: si este principio funciona en el ferrocarril, ¿por qué no aplicarlo en el diseño de automóviles?

Así, en 1911, apareció el Reeves Overland Octoauto, uno de los coches más inusuales de su tiempo y, sin exagerar, una verdadera leyenda entre los experimentos técnicos de principios de siglo.

El diseño del coche difería notablemente de los automóviles habituales:

  • el coche tenía cuatro ejes;
  • en la parte delantera había dos ejes direccionales;
  • otros dos ejes estaban en la parte trasera;
  • solo el primer eje trasero era motriz.

Según el plan de Reeves, este esquema debía proporcionar varias ventajas a la vez. Una distribución más uniforme de la masa reducía la carga sobre cada rueda, mejoraba la suavidad de la marcha y contribuía a aumentar la vida útil de los neumáticos.

Los materiales publicitarios no escatimaron en grandes declaraciones. El Octoauto fue llamado el coche más suave del mundo. La inusual máquina siempre atrajo la atención del público, y en 1922 el coche de ocho ruedas participó en la primera carrera. Allí despertó no menos interés que los coches de carreras de pleno derecho.

La reacción de los espectadores y la prensa fue muy favorable:

  • los visitantes examinaron con curiosidad el inusual diseño;
  • los periodistas publicaron artículos entusiastas;
  • el coche se convirtió en una de las novedades técnicas más comentadas.

Sin embargo, el interés público nunca se tradujo en éxito comercial.

El principal obstáculo fue el costo. Por el Reeves Overland Octoauto se pedían 3200 dólares, una suma enorme para la época. Por el mismo dinero, un comprador podía adquirir dos Cadillac Model 30 o incluso cuatro Ford Model T. También surgieron dificultades adicionales durante la operación. Conducir un coche de ocho ruedas resultó ser significativamente más difícil, especialmente al tomar curvas.

Cuando quedó claro que el proyecto no había cumplido las expectativas, Milton Reeves hizo otro intento de corregir la situación. El ingeniero presentó un nuevo modelo llamado Sextoauto, que ya tenía seis ruedas. Se suponía que este diseño conservaría algunas de las ventajas de la idea original, pero resultaría más práctico.

Sin embargo, este proyecto tampoco logró el éxito. Los compradores seguían prefiriendo coches más simples, comprensibles y asequibles. Como resultado, ni el Octoauto ni su sucesor de seis ruedas se generalizaron, quedando como curiosas páginas en la historia de la industria automotriz mundial y ejemplos claros de lo audaces que fueron los experimentos de ingeniería a principios del siglo pasado.

Lea más artículos: