La historia de la industria automotriz soviética es una mezcla sorprendente de entusiasmo ingenieril, compromisos forzados y errores garrafales. En condiciones de economía planificada y escasez total, nacieron máquinas que hoy difícilmente se pueden calificar de exitosas, pero que entonces eran la única forma de transporte disponible. La gente hacía colas durante años para conseguir un coche, se resignaba a motores ruidosos, asientos incómodos y carrocerías oxidadas, simplemente porque tener un coche propio significaba mucho.
Algunos modelos, a pesar de sus evidentes fallos técnicos, se convirtieron en símbolos de toda una época. Examinemos las creaciones más controvertidas de la industria automotriz soviética: aquellas que simultáneamente causaban orgullo y dolor de cabeza a sus propietarios.
SMZ S-3D: "motocoche" para aquellos a quienes el estado no les dejó otra opción
El motocoche SMZ S-3D de Sérpujov es quizás uno de los coches soviéticos más ambiguos. No se creó para la comodidad, sino para resolver un problema social: dar transporte a los inválidos de guerra. El coche recibió un armazón de acero con revestimiento de aluminio y un motor de la motocicleta Izh-Planeta. El motor de 346 cm³ desarrollaba solo 12 caballos de fuerza, y la velocidad máxima apenas alcanzaba los 60 km/h.
El motor en funcionamiento recordaba a un mini-tractor: ruidoso, vibrante, sobrecalentándose al cabo de un par de kilómetros. El sistema de refrigeración fallaba constantemente, y un viaje en el calor se convertía en una prueba. Sin embargo, el problema no era solo técnico. Las personas a las que, por razones médicas, se les asignaba un motocoche, se distribuían a través de los órganos de asistencia social. Al final, el propio SMZ se convertía en una especie de "distintivo": conducirlo significaba automáticamente destacar en la carretera.
La conducción requería habilidad: las palancas y los pedales adaptados a diferentes formas de discapacidad hacían que el dominio del coche fuera difícil. A pesar de todos los problemas, el SMZ S-3D se fabricó hasta 1997, ¡casi treinta años! Para muchos propietarios, no era solo un coche, sino la única oportunidad de volver a sentir la libertad de movimiento.
LuAZ-969: héroe todoterreno y pesadilla del propietario
La planta de automóviles de Lutsk concibió el LuAZ-969 como un vehículo todoterreno asequible para el campo y el ejército. El coche tenía suspensión independiente en todas las ruedas, tracción total conectable y un pequeño motor de 887 cm³. La potencia era de 30 CV, el consumo de unos 10 litros y la dinámica casi nula.
Pero en el barro, el LuAZ iba como un tanque. Su capacidad de vadeo era asombrosa, especialmente donde se atascaban los "Zhiguli" y los "Moskvich". Precisamente por eso se le quería. Pero luego empezaban los problemas: la suspensión de barra de torsión requería reparaciones constantes, los reductores del eje trasero fallaban rápidamente, el motor se sobrecalentaba y la carrocería "florecía" al cabo de un par de años.
El interior recordaba a una lata de conservas: ruido, vibraciones, calor en verano y frío en invierno. Los asientos eran incómodos, la ventilación casi inexistente. A pesar de ello, el LuAZ tenía sus admiradores: cazadores, pescadores y habitantes de zonas rurales le perdonaban todo por su fenomenal capacidad para superar terrenos difíciles.
ZAZ-965: el "orejudo" que se convirtió en leyenda a pesar de todo
El ZAZ-965 es ese "Zaporozhets" sin el cual es imposible imaginar la época soviética. Pequeño, ruidoso, pero propio. Se creó como un "coche popular" para que todo ciudadano soviético pudiera permitirse un transporte personal.
Los diseñadores eligieron un esquema de motor trasero para abaratar la producción. Bajo el capó, un motor de cuatro cilindros en V de 746 cm³ con una potencia de 23 CV. El coche resultó compacto, pero extremadamente caprichoso.
El principal problema era el sobrecalentamiento. El sistema de refrigeración por aire no daba abasto ni siquiera en verano al circular por la ciudad. El aceite se consumía por litros, el motor rugía como una motocicleta y las vibraciones hacían temblar el espejo. En el interior, estrecho, sofocante y ruidoso, pero se podía reparar directamente en la cuneta: todo era sencillo y accesible.
La seguridad dejaba mucho que desear: el fino metal de la carrocería no resistía ni siquiera los pequeños golpes. Pero a pesar de ello, el "orejudo" se convirtió en el favorito del pueblo. Lo compraban, lo reparaban, lo criticaban, y aun así lo querían.
"Oka" y "Tavria": el acorde final de la industria automotriz soviética
El final de la década de 1980 se convirtió en una época de crisis para toda la industria de la construcción de maquinaria soviética. Entonces aparecieron dos símbolos de supervivencia: el VAZ-1111 "Oka" y el ZAZ-1102 "Tavria".
El "Oka" se concibió como un coche urbano compacto, pero resultó ser un fracaso. El motor de 649 cm³ desarrollaba 29 CV, el coche no tiraba ni siquiera en una cuesta. La suspensión y la dirección lo hacían inestable a la velocidad, y la carrocería se plegaba como un acordeón al menor golpe. El mal tratamiento anticorrosivo convertía al "Oka" en una pieza oxidada al cabo de unos pocos inviernos.
El "Tavria" debía convertirse en la nueva esperanza de la planta de automóviles de Zaporozhye. El proyecto comenzó en la década de 1970, pero cuando salió al mercado, el modelo ya estaba obsoleto. Sí, un motor de 1,1 litros y 53 caballos sonaba bien para su época, pero la calidad de la construcción echaba por tierra todas las ventajas. El interior chirriaba, el plástico parecía barato, la carrocería se oxidaba rápidamente y la seguridad estaba al nivel de un patinete infantil.
Ni siquiera las modernizaciones salvaron la situación: en la década de 1990, el "Tavria" perdía irremediablemente ante la afluencia de coches extranjeros, convirtiéndose en otro símbolo de que la industria automotriz soviética no había logrado reestructurarse.
¿Por qué los coches soviéticos eran así?
La principal razón de la mayoría de los fracasos es la economía. En la URSS, todo estaba subordinado al plan: había que hacerlo barato, masivo y rápido. La calidad se mencionaba en último lugar. Los ingenieros a menudo hacían concesiones, renunciando a ideas prometedoras para reducir los costes.
Sin embargo, incluso los modelos más desafortunados jugaron su papel. Dieron libertad a millones de personas, aunque ruidosa, oxidada y vibrante, pero libertad al fin y al cabo. Cada ZAZ, LuAZ o SMZ no es solo una técnica, sino también una parte de la época en que un coche personal era un símbolo de estatus, orgullo y sueño.
La industria automotriz soviética dejó tras de sí un extraño legado: coches que simultáneamente provocan una sonrisa y respeto. Eran imperfectos, pero honestos: creados para la gente, no para el beneficio. Y, quizás, precisamente por eso siguen despertando un interés tan vivo.